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''No se puede hacer periodismo de calidad a bajo coste''

MÒNICA BERNABÉ. Periodista corresponsal en Afganistán.

Por SONIA MARCO

La información que llega a Occidente desde Afganistán es sinónimo de represión, violación de derechos humanos y guerras, que dejan la confusa imagen de un país hundido tras el paso de los talibanes y su feudo, con la mujer considerada como ser humano de segunda clase. La periodista Mònica Bernabé fue corresponsal freelance en el país de 2006 a 2014, donde vivió y compartió con los afganos su día a día, experiencias que compartió en el ciclo “Periodistas y el Mediterráneo” que organiza Casa Mediterráneo en colaboración con la Asociación de la Prensa de Alicante.

Mònica Bernabé  momentos antes del encuentro en Casa Mediterráneo. Foto: MARÍA GILABERT—Llegas a Afganistán en el año 2000, todavía con el régimen de los Talibanes en el poder. ¿Qué te impulsa ir hasta allí?

—Fue algo casual. Yo trabajaba en un diario en Barcelona y entrevisté a una activista afgana que fue a dar una conferencia. Me alucinó todo lo que explicaba sobre los talibanes, como que las mujeres no podían estudiar, ni trabajar, que eran golpeadas si no se cubrían con el burqa en la calle, y que incluso obligaban a que los cristales de las casas fueran pintados de color negro para que no pudieran ser vistas desde fuera. Esa activista vivía entonces exiliada en los campos de refugiados afganos en Pakistán, y me invitó a visitarla. Y eso hice: en mis vacaciones de verano fui a Pakistán con otras dos chicas. Allí pedimos un visado de turistas a los talibanes para entrar en Afganistán, nos lo concedieron y viajamos al país sin informar a nadie, picadas por la curiosidad y con la inconsciencia de la juventud.

—Tras este viaje, fundas la ONG ASDHA –Asociación de los Derechos Humanos en Afganistán. ¿Por qué decides dar este paso?

—La creación de la asociación también fue casual y como consecuencia de las circunstancias. Tras mi primer viaje a Afganistán, hice una rueda de prensa en Madrid con una de las compañeras que me habían acompañado en el viaje para explicar qué habíamos visto en Afganistán y cuál era la situación de las mujeres afganas, lo que tuvo un gran impacto mediático. Todos los medios se hicieron eco de que “tres mujeres españolas se habían adentrado en el Afganistán de los talibanes”. Así que a raíz de eso, de repente nos convertimos, sin quererlo, en una especie de representantes de las mujeres afganas en España y todo el mundo contactaba con nosotras porque las querían ayudar. Para poder canalizar esas ayudas, creamos la asociación, aunque yo siempre seguí siendo periodista. A la asociación dedicaba mi tiempo libre, fuera de las horas laborales.

—Desde entonces, tus idas y venidas de Afganistán son constantes hasta que en 2006 te estableces en el país y empiezas a escribir para El Mundo y otros medios de forma regular. ¿Cómo asumes el reto de vivir en un país que lleva casi 40 años en guerra, recién salido de un régimen como el talibán?

—Desde el año 2000 hasta el 2005, yo había viajado a Afganistán cada año durante dos o tres semanas. Pero es muy diferente estar en un país así durante un corto periodo de tiempo que establecerse y vivir allí. En primer lugar, hay que recordar que Afganistán ha estado casi 40 años en guerra, y tras la caída del régimen talibán en 2001 era un país completamente destruido. Una de las primeras consecuencias de una guerra es el colapso y destrucción de las líneas eléctricas. Cuando me establecí en Afganistán, sólo había tres o cuatro horas de electricidad en Kabul, que es la capital, y en el resto del país la situación aún era peor. Y la falta de electricidad te afecta a toda tu vida cotidiana. Si no hay electricidad, no puedes cargar el móvil, ni la batería del ordenador, ni tienes internet, ni funciona la nevera, ni tienes agua caliente o a veces no tienes ni agua, o calefacción.

Por otra parte, cuando me establecí en Afganistán, los extranjeros corríamos el riesgo de ser secuestrados y todos evitaban caminar por la calle. Siempre iban en vehículo, incluso cuando tenían que recorrer cortas distancias. Pero yo no tenía dinero para sufragarme un coche, así que opté por intentar mimetizarme con la población local. Durante todos los años que viví en Afganistán, siempre vestí una túnica negra y un pañuelo negro en la cabeza cuando salía a la calle para pasar desapercibida. Nadie me obligaba a hacerlo pero vestir así me hacía sentirme más segura cuando me movía a pie por Kabul.  

—La figura del corresponsal cambia sustancialmente con la crisis: es un profesional autónomo, hombre orquesta y con unas condiciones laborales más precarias que el destinado tradicional…¿Cómo fue tu día a día?

—Yo también me convertí en una mujer orquesta. La figura del periodista corresponsal con nómina y al que le pagan todos los gastos casi ya no existe, o sólo existe en destinos muy determinados, como en Washington, Londres o París. El resto de periodistas que trabajan esparcidos en el mundo para medios españoles lo hacen como freelance, y más aún si te vas a un país en conflicto, donde ningún medio quiere asumir la responsabilidad y el coste de tener un periodista. Y ése fue mi caso. Yo era freelance, y me pagaban por artículo publicado, aunque el diario El Mundo, que era mi principal comprador, también me costeaba algunos gastos. Y ser freelance te obliga a espabilarte. Inicialmente yo sólo escribía, pero después empecé a hacer fotos y a filmar vídeos, porque si vendía un artículo, una foto y un vídeo ganaba mucho más que sólo con el artículo. Mi vida entonces estaba dedicada al trabajo, un trabajo apasionante y con el que cada día aprendía.

Mònica Bernabé y Sonia Marco durante el encuentro en Casa Mediterráneo. Foto: MARÍA GILABERT—¿Cómo conjugaste el hecho de ser mujer con el ejercicio de la profesión periodística en un país donde no se reconocen los mismos derechos a las mujeres que a los hombres?

—Ser mujer en países como Afganistán tiene sus ventajas y sus desventajas. La primera ventaja es que puedes hablar, entrevistar y relacionarte con mujeres, algo que, en cambio, tienen mucho más difícil los hombres periodistas; tienes acceso a una realidad que ellos no tienen. Por otra parte, en un país tan machista y conservador como Afganistán, consideran que las mujeres son seres inferiores y débiles y, en consecuencia, te consideran menos peligrosa y una persona con la que se debe tener una cierta deferencia. Por ejemplo, si iba a un ministerio a hacer una entrevista aunque no la tuviera concertada, normalmente me dejaban entrar porque consideraban que no podían dejar a una mujer esperando de pie bajo el sol, y menos aún a una extranjera. En Afganistán la población es muy hospitalaria, y está mal visto tratar mal a alguien que viene de otro país.

Lógicamente ser mujer también tiene sus desventajas, en un país donde la presencia de la mujer en la vida pública es reducida. Te encuentras que, en la mayoría de contextos, sólo hay hombres. Vayas donde vayas, sólo te encuentras hombres, ninguna mujer. Y como en cualquier país, y más en uno donde existe una impunidad generalizada como en Afganistán, eso aumenta el riesgo de abusos sexuales.

—Fuiste testigo del papel de las fuerzas armadas internacionales desplegadas en la zona. ¿Cómo las percibió la sociedad antes, durante y después de su salida del país?

—Cuando las tropas internacionales llegaron a Afganistán en 2001, la población la recibió con los brazos abiertos: las consideraban salvadores que librarían Afganistán de los talibanes. Pero a medida que la comunidad internacional se alió con criminales de guerra –o sea, señores de la guerra que participaron en la guerra en Afganistán a principio de los años 90, arrasaron el país y bombardearon población civil- y los catapultó al poder, eso generó un distanciamiento. Actualmente estos criminales de guerra controlan el gobierno y el Parlamento afganos, con el apoyo de la comunidad internacional, y ahora la población afgana no entiende nada: ¿los extranjeros decían que iban a Afganistán a defender los derechos humanos y se alían con criminales de guerra? A ello hay que añadir los muchos errores que se han cometido: las tropas internacionales han bombardeado zonas civiles provocando bajas, o han realizado detenciones de forma arbitraria. Todo eso ha incrementado la animadversión de la población hacia las tropas extranjeras hasta considerarlas, en muchos casos, invasoras.

—¿Cómo viviste el asesinato de Osama Bin Laden, el enemigo público número 1 de EEUU?

—Recuerdo que yo estaba en la ciudad de Herat, en el este de Afganistán, cuando me enteré de la noticia. En Afganistán hubo una escasa reacción, a pesar de que las tropas norteamericanas iniciaron su intervención en Afganistán precisamente para capturar a Osama Bin Laden, a quien se le acusaba de estar detrás de los atentados del 11-S del 2001 en Nueva York. Cuando se supo que Bin Laden había sido abatido en Afganistán, el comentario general de los afganos era que eso demostraba que los malos son los pakistaníes y no los afganos, y que en Pakistán es donde se concentran los terroristas.

—La presencia de la mujer afgana en la vida pública es prácticamente nula. ¿Hasta qué punto puede ser un agente de cambio importante en su sociedad?

—Es indudable que la mujer ha sido y es un agente de cambio en la mayoría de sociedades, no sólo en Oriente Medio, también en Occidente y, por supuesto, también en Afganistán. Las mujeres lideraron el primer movimiento ciudadano en Afganistán contra los criminales de guerra que controlan el poder en el país, exigiendo justicia y que se les aparte del gobierno y el Parlamento. Son las que también reclaman cambios sociales. Y ahora son las que exigen que no se sacrifiquen los derechos humanos en las negociaciones que Estados Unidos mantiene con los talibanes.


—Tras tu estancia en Afganistán durante nueve años, en enero de 2015 cambias de destino y asumes la corresponsalía de Roma para El Mundo. Llegas en un momento de cambios, como el nacimiento del Movimiento 5 estrellas y el ascenso de la Liga de Salvini. ¿Cómo experimentaste el cambio de escenario?

—Italia me pareció un país menos desarrollado que España en muchos aspectos aunque forme parte del denominado G-7 y España, no. Eso es lo que más me sorprendió. Es un país más conservador y machista que España, y con una administración a menudo inoperante y caótica, cosa que repercute en la vida cotidiana.

Por otra parte, la inmigración era claramente presente. Por ejemplo, en el barrio donde vivía en Roma, te encontrabas con un inmigrante subsahariano pidiendo en la entrada de cada supermercado. Y como ocurre en España, en Italia también corrían los bulos que los inmigrantes se quedaban con todas las ayudas públicas. Eso ha hecho que partidos de extrema derecha como la Liga, de Matteo Salvini, hayan ganado mucho apoyo en los últimos años. Desde mi punto de vista, el resto de países de la Unión Europea tienen una cierta responsabilidad en el auge de la Liga en Italia, porque no ha existido una política clara y real de distribución de los inmigrantes entre todos los países de la UE. Todo el mundo ha cerrado las puertas y ha mirado hacia otro lado. La consecuencia es la situación actual.


—El nuevo milenio ha revolucionado el periodismo entendido hasta el momento con la revolución digital, las fake news, la voraz inmediatez, la crisis del papel, la precarización laboral…Y, para completar, la era de la posverdad. ¿Cómo podemos dar la vuelta a esta situación y reinventar una profesión más necesaria que nunca?

—Yo creo que, para tener una buena información, para empezar hay que pagar bien a los periodistas. No puedes hacer un periodismo de calidad a bajo coste. Eso es imposible. Y hacer un periodismo que no consista en convertirse en altavoz del poder, si no que cuestione y fiscalice al poder. Yo tengo la teoría de que la gente continúa estando interesada en la buena información, y que incluso podría estar interesada en pagarla, pero hay que dársela. Y actualmente el periodismo en España es de muy baja calidad.

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