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ALICANTE CAPITAL DE LA TAUROMAQUIA. Los felices años locos. 1925.

Mayo de 1925. Alicante se viste de luces para recibir al torero del momento, Juan Belmonte, padre de la tauromaquia moderna que decide reaparecer en la terreta tras tres años de ausencia. La expectación nacional es de alto voltaje y la ciudad se convierte en el epicentro mundial del toreo. Hace 94 años ya se practicaba aquello del turismo de eventos. Por Benjamín Llorens.

Era domingo 31 de mayo de 1925. Alicante acogía a miles de forasteros que daban a la ciudad una animación no igualada ni en época de fiestas. Los trenes del sábado ya venían a tope. Las llegadas de automóviles y autocares se sucedían sin cesar por todas las carreteras de acceso a la terreta, desde lugares tan distantes como Sevilla o San Sebastián. Provenientes de Valencia se contabilizaban más de un centenar de coches. El ambiente era impresionante, las terrazas a rebosar, no había cafetería o restaurante donde encontrar asiento. La Explanada de los Mártires era un hormigueo constante de personas. Reaparecía en España Juan Belmonte tras una ausencia de tres años y lo hacía aquí, en Alicante.


El Pasmo de Triana era considerado el padre del toreo moderno. Hasta que llegó Belmonte, torear consistía en ir esquivando las embestidas del toro con la mayor gracia y valor posibles. Era una lidia atropellada. Y en eso Belmonte mandó a parar, clavó los pies en el albero parando, templando y mandando, cargando la suerte.

Desde entonces todos los toreros querían "torear quieto", como Juan Belmonte, un autodidacta para todo, que a los 8 años dejó de ir a la escuela, pero siempre llevaba consigo una maleta llena de libros. Recibió homenajes de la cultura y el arte, desde Valle-Inclán a Gerardo Diego.

El torero Juan Belmonte en la portada de Time. Enero 1925 (archivo Time Magazine).


La víspera de la corrida estaba anunciada la llegada del diestro a la terreta en el primer tren de la mañana. Allí estaban, a pie de andén, el empresario taurino Pascual Ors así como periodistas, aficionados, curiosos y admiradores. No cabía un alfiler, pero se quedaron con las ganas, pues Juan Belmonte dormía profundamente durante el cambio de tren en La Encina y no llegó a la hora prevista. La espera fue más larga pero la alegría igual de desbordante en el trayecto hasta el Hotel Palas, hospedaje del torero.


En las primeras horas del domingo los trenes continuaban dejando aficionados a centenares. Al mediodía estaba tan animada la ciudad que las calles resultaban insuficientes para acoger a la multitud que por ellas discurría. Los carruajes y autos apenas podían circular. La guardia urbana calculaba en más de dos mil los vehículos venidos de fuera. Para hacer más fluida la circulación rodada el ayuntamiento estableció dos itinerarios. El de ida a la plaza de toros partía desde la de la Constitución (actual portal de Elche), por el lado derecho de Méndez Núñez subiendo a Duque de Zaragoza (entonces la Rambla no tenía salida por el norte), calle de la Infanta, San Vicente y panteón de Quijano, en la plaza de Santa Teresa. El retorno se hacía por Calderón de la Barca, Alfonso el Sabio, Castaños, Gerona, Bailén y Bilbao, desembocando en la carretera de la Explanada (hoy zona de terrazas). La compañía de tranvías había dispuesto un servicio especial de toros al precio de 20 céntimos el billete más barato y 25 cts. el más caro. Se calculaba en más de diez mil los aficionados desplazados hasta Alicante.

 

Plaza de Toros de Alicante (El Liberal de Madrid)

 


Mucho antes de las 5 de la tarde la plaza ya estaba llena. Presidía Eduardo Carqué de la Parra, alto funcionario del Gobierno Civil, actuando como asesor Emilio Ferrer. Vestía de verde y oro Belmonte, al que acompañaban en el cartel Antonio Márquez y Marcial Lalanda.


Toda la prensa destacaba la enorme expectación y emoción con que se esperaba el festejo. El diario republicano El Luchador describía, como si de una peregrinación se tratara, el enorme interés despertado en toda España: "Miles de peregrinos abandonan villorrios, aldeas, pueblos, ciudades, urbes populosas y metrópolis para acudir a la meca de la tauromaquia. El aspecto de Alicante es imponente".


La plaza de toros se había quedado pequeña y como entonces no había tele ni radio, los alrededores del coso presentaban casi tanta expectación como el interior. Los olés se escuchaban a centenares de metros. Al acabar el festejo todos contentos, público y toreros, pues los tres espadas cortaron orejas y rabos, saliendo a hombros. La expectación no quedó defraudada.

Un joven Belmonte vestido de luces / purezayemociónblogspot.com


Por aquel entonces no se hacían todavía estudios del "impacto económico" de una acción como esta en la ciudad. Ahora es habitual, pero a buen seguro que aquel fin de semana del 30 y 31 de mayo de 1925 en que Juan Belmonte, inventor del toreo moderno, elegía Alicante para reaparecer en España tras una ausencia de 3 años, tuvo un impacto económico en la terreta de muchos, pero que muchos miles de duros.


Hace ahora 94 años.


Fuentes e Imágenes:

*Biblioteca virtual de la prensa histórica.

*El Luchador.
*Diario de Alicante.


*El Liberal de Madrid.


*Time magazine

*Purezayemociónblogspot.com

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